lunes, 28 de septiembre de 2009

El mito de las despedidas

This is not by me. Aunque pareciera! Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Comparto aquí un lindo cuento de un libro de un conocido autor, que me prestó una amiga y que me partió el corazón! ♥


- La primera de las cincuenta veces que se separaron lo hicieron para siempre.
Perdieron el crédito con Fernández cuando, a la séptima despedida, Leonardo le dijo que a pesar de la bronca y de la firme decisión que tomaba no había podido evitar dejarle a Graciela el número de su nueva casa. Graciela no tardó en llamarlo, y todo volvió a empezar. A partir de ese momento, Fernández no supo dónde colocar el caso de su amigo. Lo buscó en las obras completas de Freud y creyó vislumbrarlo en las páginas alucinatorias de Kafka. Mucho después, recién cuando comprendió el carácter siempre insensato del amor, Fernández se dio cuenta de que Leo y Graciela sólo repetían la historia de cientos de miles, y que intentando burlar el destino con el cerebro, el destino los encadenaba con la piel. La piel es una lámina delicada y frágil, pero manda con porfía y autoridad sobre cualquier otro tirano. Leo y Graciela descubrieron esa tiranía en un viaje en micro desde General Roca hasta Buenos Aires.
Los dos eran rionegrinos, pero de ciudades distantes. Él tenía 23 años, quería ser veterinario y viajaba para instalarse en la capital con sus tíos. Ella tenía 22, era maestra jardinera y viajaba para encontrarse con su primer novio. No se conocían ni de vista, pero le tocaron asientos contiguos y rápidamente entraron en confianza y se la pasaron charlando varias horas. Cuando a las 10 de la noche hicieron una parada para comer, bajaron juntos y eligieron una mesa apartada para seguir conversando sobre sus vidas y sus proyectos. Tomaron vino y se pusieron alegres, y a la medianoche se taparon juntos con una manta mientras se contaban confidencias, y en la madrugada ella le dio un beso en la boca y él la abrazó y hubo un silencioso revoltijo que duró cinco horas. Cuando Leo despertó estaban entrando en la ciudad, y tenía a Graciela dormida sobre su pecho.
Se recompusieron en el baño, intercambiaron teléfonos y cada uno bajó por su lado como si no se conocieran. En la plataforma, el novio de Graciela la esperaba con un ramo de rosas. Ella lo abrazó dando gritos de alegría. Leo les pidió permiso para retirar su equipaje y se fue silbando bajito. Una semana después, Graciela lo llamó por teléfono. Su novio trabajaba ese día y ella tenía una tarde entera para pasear: ¿No querés acompañarme? Leo la acompañó y terminaron en un albergue de la calle Tres Srgentos. Graciela no estaba feliz, pero no la carcomía la culpa sino la impresión de que su novio había dejado de ser quien era, que la química entre los dos había variado y que todo había sido una gran equivocación. A lo mejor te estás enamorando de mí, le dijo Leo con una sonrisa. Graciela asintió sobre la almohada húmeda y al día siguiente rompió con el novio y se internó con Leo en una habitación a pasar el resto de las vacaciones. Se despidieron con tristeza en retiro y él prometió que viajaría en un mes y medio al Alto Valle y que le escribiría cartas sinceras. Ella lloró todo el trayecto, y cuando llegó a General Roca le confesó a su madre que había roto con su anterior pareja y que había encontrado al verdadero amor de su vida. Se escribieron, se citaron en Neuquén, vivieron una Luna de Miel en el camping del ACA de San Martín de los Andes, y una noche, mirando el Lago Lacar, Leo le confesó que la quería en serio, pero que no podía renunciar a su carrera. Pretendieron que la distancia no destruiría el vínculo, pero al mes Graciela se había dado cuenta que su vida no tenía sentido dejos de Leonardo. Se mudó con una prima lejana, que vivía frente a plaza Falucho, consiguió un puesto de secretaria y el romance siguió con violentas vueltas de tuerca.
Al año, ella le pidió que vivieran juntos y Leo le dijo que no estaba preparado. Tocada en su orgullo, Graciela lo dejó. Él anduvo un tiempo solo y desconcertado, y al final fue a buscarla al trabajo. Todo volvió a fojas cero. Pero la melosa insistencia de Graciela sofocaba siempre a Leo, y en un momento él hizo de tripas corazón y le planteó que tomaran distancia. Veinte días mas tarde, Leo desayunaba en un bar de Palermo y vio que ella lo esperaba en la vereda, llorando y sin paraguas, bajo una lluvia torrencial. Leo no pudo resistir ese cliché. Alquilaron un monoambiente y cohabitaron un año plagado de rayos y centellas. Los dos fueron al psicólogo y empezaron el espinoso camino del autoconocimiento. Desde esa nueva conciencia se dieron cuenta de que no se convenían. Asistidos por sus terapeutas llegaron a una separación civilizada y racional. La separación duró hasta el cumpleaños de un amigo: pasados de copas se fueron juntos de la reunión y reiniciaron sobre el césped, de madrugada y frente a las espesuras del Rosedal, lo que siempre dejaban inconcluso.
Ya tenían todas las palabras necesarias para entender que, en cierto modo, eran incompatibles, pero el instinto los doblegaba y pensaban que eso era un signo imposible de desoír. Se dedicaron, no obstante, a desoírlo sistemáticamente: Leo se puso de novio con una cirujana cardiovascular y Graciela, despechada y doliente, con un personal trainer. Pero de vez en cuando se encontraban fortuitamente, se cruzaban una mirada o un e-mail, y los edificios emocionales que cada uno intentaba construir aparte se derrumbaban en un segundo. Volvían, siempre estaban volviendo. Cargaban las orejas de sus amigos, a quienes lograban convencer de que ella era una “bruja conflictuada” y él un “insufrible caprichoso”, y después los obligaban, con sus bruscas reconciliaciones, a retroceder en chancletas y a quedar en situaciones incómodas.
Fernández reconocía que Leo era sublime en las despedidas y que quizá se había vuelto adicto a ellas. Despidiéndose hasta nunca jamás era un héroe caminando hacia la gloria. Y la verdad es que, en su fuero íntimo, también Graciela parecía regocijarse con aquél glamoroso rol de heroína romántica y abandonada. Así que los intentos por terminar aquella historia, tuvieron ribetes tragicómicos. Hubo quema de libros y de camisas en ceremonias paganas, bofetadas histéricas que casi los llevan a la comisaría, recriminaciones a los gritos en un restaurante repleto, llantos y llantos, y largos meses de silencio, duelo y abstinencia.
La penúltima vez que se separaron fue en el aeroparque Jorge Newbery. Leo volaba a Mar del Plata, por negocios, y Graciela le aguantó un monólogo de cuarenta minutos en la confitería. Leo le explicaba, con lógica cartesiana, por qué debían tomar rumbos diferentes, por qué hasta entonces no lo habían logrado, por qué se estaban haciendo un daño estéril y por qué el destino les deparaba, por separado, buena ventura y reconocimiento. Él tomó la valija de mano, le dio un beso en la mejilla y cruzó las fronteras aeronáuticas sin mirar atrás. Legó a Camet después de llorar cuarenta y cinco minutos seguidos, se lavó la cara en el baño y cambió su pasaje para regresar de inmediato. Cuando ya en Buenos Aires pasaba por el vestíbulo, arrastrando los bolsos y jadeando su miedo en busca de un radio taxi, tuvo la fortuna de pasar por la confitería y descubrir que su ex novia seguía sentada en la misma silla, frente al mismo posillo de café, con la misma mirada perdida. Se abrazaron cinematográficamente: tres turistas brasileros los aplaudían con fervor.
Había que rendirse a las evidencias. Así que una tarde de invierno de 1996, firmaron en el registro civil de la calle Mendoza, y hubo champagne y arroz y promesas de perdices y profecías de amor eterno.
Estuvieron casados siete meses, dos semanas y cinco días. Y entonces sí, entonces se separaron para siempre. -

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