Siempre que se me presenta un viaje largo en vehiculo, ya sea taxi, colectivo, micro, auto particular... lo que sea, si hay algo que me gusta es aprovechar ese tiempo pensando. A veces más bien lo desaprovecho pensando boludeces (en la mayoría de los casos en realidad). Otras voy planeando e imaginando cosas que tengo o quiero hacer. En fin, pienso. En lo que primero se me venga a la cabeza, pienso. Así como a mucha gente le gusta escuchar música y a otra leer, a mi me gusta pensar, reflexionar, sumergirme en mi mente y "salirme" por un rato de este mundo y de quienes me rodean. De hecho si hay algo que odio por ej. de los viajes en taxi, es la gran posibilidad que tengo de que el tachero se me ponga a charlar. No es de antisocial, pero generalmente en esos casos de tan cortada que soy les termino ganando por cansancio (ya se que la expresión está mal usada, pero en definitiva se cansan de insistirme y tratar de iniciar una conversación tirada de los pelos como "parece que finalmente se larga la lluvia ehh" que no les voy a seguir) no quiero hablar, QUIERO PENSAR!
Pero esto no es lo importante, no es esto de lo que quería hablar puntualmente.
Resulta que hace unos días, en uno de estos viajes largos (más de 30 minutos para mi son considerados largos) más específicamente en una de esas combys (o como fucking se escriba) que se pusieron de moda ahora (thanks god) y que te simplifican el trayecto de la capital a alguna zona del gran Bs. As. o viceversa, no lograba concentrarme. Por más esfuerzos que hacía no lograba concentrarme a causa de una charla que el chofer mantenía con una pasajera sentada muy cerca suyo, y muy cerca mío también. Porque en esas combys si puedo, elijo los lugares mas cerca de la puerta para no tener que ir rebotando entre los demás pasajeros en el momento que yo me tenga que parar desde el fondo para pagarle al chofer y bajar, todo eso con el movimiento incesante de la camionetita que sigue andando.
Me desvié, continuo.
Esta charla, lejos de molestarme, me atraía muchísimo, por eso no podía dejar de prestarle atención a eso y concentrarme en lo mío dejando de escuchar charlas ajenas.
En 45 minutos de viaje (más, menos) me enteré prácticamente por completo sobre la vida de estas dos personas.
El chofer tenía 29 años, estaba casado hacía 11 porque había "metido la pata de pendejo" y su mujer había quedado embarazada. Unos años después tuvieron otra nena. La más grande tiene 10 y la chiquita 4, que es su debilidad y la conciente en todo. Su trabajo como chofer de combys había empezado hacía un par de días atrás. En realidad el era camionero pero como la mujer criaba a las nenas y no trabajaba, después de su horario con el camión empezó a cubrir un par de viajes en las ya tan nombradas "COMBYS" para llegar mas holgado a fin de mes. Por suerte no gastaba en alquiler porque durante unos años, los suegros le prestaron una casa a él y a su prole y allí aprovecharon para ahorrar y construirse una propia de 96 mts2.
La vida de la pasajera con la cual "el chofer" (porque me se toda la vida pero no el nombre) entablaba el diálogo, también podría contarla con la misma cantidad de detalles que la relatada anteriormente, PERO (porque siempre hay un pero) me detengo en la de este hombre que fue la que me despertó principal interés, y no específicamente porque el tipo estuviese bueno y le tuviera ganas o algo así. No, no. Nada mas alejado de eso. Lo que captó mi atención fue la manera con la que este tipo contaba su vida. Su humilde y no tan osada vida, pero de la cual estaba orgulloso. Se lo notaba orgulloso. Aunque no dijera ESTOY ORGULLOSO. Me sorprendió, me encantó y me llenó de ternura cómo hablaba de su mujer como si ésta lo estuviera escuchando, el amor que sentía por ella se podía ver en cada palabra. "La suerte que tengo de tenerla", "ella hace todo! Les da de comer, las baña, las lleva al colegio, las cría sola, se la re banca", "yo no se qué haría sin ella la verdad", "siii, la vieja se banca todo, lo que menos se preocupa es por ella". Como esas hubo un montón de alusiones a su jermu que no hacían más que idolatrarlas.
Como si fuera poco, el tipo, sin vergüenza de mostrarse sensible y hasta “pollerudo” para algunos, contó una anécdota de una pelea que tuvieron. La doña lo mandó a mudar porque sí, de la nada, pero él no se bancó estar lejos de ella y al mes de llamarla hasta el cansancio sin respuesta alguna, se le plantó en la puerta de la casa. Pasó dos noches durmiendo afuera, debajo de la ventana del cuarto que alguna vez habían compartido.
Y así como la charla me distrajo de mis pensamientos, me los dio, porque inmediatamente me puse a pensar en esa señora que quizá no sabe lo bien que su esposo habla de ella, lo mucho que la quiere y cuánto la idolatra. Con mis amigas siempre decimos que sería genial poder escuchar lo que nuestras respectivas parejas hablaran de nosotras (y no creo que seamos las únicas con ese deseo utópico). Yo no escuché lo que hablaban de mi, pero escuché lo que decían de otra, y por más difícil que haya sido o sea la vida de esta familia, OJALÁ, algún día mi esposo hablara así de mi.